A mi manera de entender, regalar, como acto de compromiso social, por obligación o porque toca, no sería exactamente regalar. No tengo claro que nombre le pondría a ese acto. Lo que si tengo claro es la elección de dejar de actuar por inercia y plantearme por qué y para qué hago lo que decido hacer.
Regalar, tal y como yo lo entiendo, es un acto de delicadeza, de atención. Puedes regalar tiempo, que, por cierto, es lo más valioso que tenemos. Puedes regalar solidaridad, experiencias o eso que sabes que alguien lleva tiempo esperando.
Envolver un regalo con mucho mimo también cuenta y mucho, porque culmina la muestra del cariño volcado en el pequeño ritual de pensar en qué regalar y cómo presentarlo.
El valor de un regalo es independiente del dinero que hemos pagado por él y, por supuesto, un regalo no tiene porque ser algo material, tangible. En realidad, lo importante no es si lo que regalamos es algo material o no, sino la intención y el sentimiento que se esconden detrás de ese regalo. Y eso es algo muy íntimo, invisible a los ojos, pero no al corazón.
A veces hacemos regalos a los niños para aliviar nuestro sentimiento de culpa al sentir que no les estamos dedicando suficiente tiempo. Otras veces, ese regalo tan caro a un sobrino surge de una inmadura rivalidad entre hermanos que dura y perdura desde la infancia. En ocasiones, regalamos esperando obtener aceptación, o reconocimiento, o conseguir que nos quieran.
No es lo mismo regalar por suplir carencias, que regalar porque rebosas amor. No es lo mismo regalar porque el deseo de dar te mueve, que regalar pensando en lo que obtendrás a cambio. No es lo mismo regalar por mostrar que por demostrar. Un auténtico regalo surge de la plenitud, de las ganas de expresar amor, de entregar, de hacer feliz al otro. Y te hace feliz a ti, seguro. Es la magia de la intención y de la no separación entre dar y recibir.
Hay personas muy generosas; hay personas con mucho equilibrio entre lo que dan y reciben; hay otras cuyo anhelo de fondo es obtener siempre más de lo que dan, y hay quien rechaza recibir por evitar así tener que dar. Aunque yo creo que eso es imposible.
Hay que saber ser excelentes a la hora de dar y también a la hora de recibir, para permitir el flujo natural de la vida, que existe también en esa interacción armoniosa. Es el arte de saber entregar con amor y saber recibir con un “gracias” sincero. Porque una cosa no es posible sin la otra.
Claro que, para regalar no tiene por qué ser Navidad. Podemos entregar todo el año. Pero hay quien, por lo menos, en Navidad lo hace. Que lo que nos mueva sea el sentimiento de amor, ilusión y entrega del verdadero regalar, un regalazo para uno mismo.