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Un deseo para Scrooge

Ayer vi una película de esas con alma navideña, a las que recurro sólo en estas fechas:“El hombre que inventó la Navidad”. Es un biopic sobre el proceso creativo de Charles Dickens, durante la época en que escribió A Christmas Carol, su Cuento de Navidad. Un clásico que existe hasta en versión Teleñecos.

El protagonista de la novela de Dickens, Ebenezer Scrooge, interpretado por Christopher Plummer en “El hombre que inventó la Navidad”, encarna la avaricia, el desprecio, la crueldad, en definitiva, el desamor y la parte más oscura del ego humano. Scrooge odia la Navidad, por lo que la Navidad representa.

Tan clásico como la novela de Dickens es quejarse de que la Navidad se ha vuelto comercial, de que ha perdido el sentido ¿Y de quién depende que eso sea así? ¿Qué sentido queremos darle y quién le da el sentido si no todos y cada uno de nosotros?

Sin saber el motivo exacto, hay un episodio histórico que tengo presente cada año por estas fechas y que consigue conmoverme profundamente.

Cuentan los relatos históricos que, en diciembre de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, los soldados del imperio alemán y las tropas británicas llevaban meses intercambiando disparos desde sus trincheras, sobre una franja de tierra de nadie…

…Y llegó la Nochebuena. Los soldados tomaron la iniciativa de dejar las armas a un lado y prendieron velas. Los alemanes entonaron el Stille Nacht y los británicos respondieron con el Silent Night. Aunque fuera sólo por unas horas, durante esa tregua de Navidad, la humanidad de los soldados salió de sus trincheras y detuvo los horrores de la guerra. Fue una noche de paz.

Vinculada o no con la religión, lo cierto es que la Navidad sobrevive. Hay algo en la Navidad, un trasfondo humano, de cohesión social relacionado con las tradiciones de estas fiestas, algo que nos vincula con los valores profundamente humanos. Es una época donde algo nos invita a desacelerar, a desautomatizarnos y encontramos un momento para conectar con la solidaridad, con la ilusión e incluso con la magia. Es lo que solemos llamar “espíritu navideño”.

El espíritu de la Navidad tiene sus orígenes en una antigua tradición celta que celebraba la llegada del invierno. El solsticio de invierno tiene lugar el 21 de diciembre en el hemisferio norte, cuando la mitad del planeta se encuentra más alejada del sol.

Este año además, coincide con un evento que no ocurría desde hace ocho siglos. Según ha reportado la Nasa, Júpiter y Saturno se alinearán tan cerca que parecerán una sola estrella en el firmamento. Esa ilusión óptica desde la Tierra, ese efecto de astro resplandeciente es la llamada estrella de Belén.

Como el solsticio de invierno acontece durante los máximos rigores del frío y el hielo, numerosas civilizaciones antiguas, dependientes de los ciclos agrícolas, efectuaban durante estas fechas diversos ritos destinados a celebrar el renacimiento del sol, el regreso del calor y la vida a la naturaleza, el triunfo de la luz sobre la oscuridad.

Que así sea. Que la luz triunfe sobre la oscuridad. Que la alegría, la paz, el amor y la esperanza salgan de sus trincheras. Que lo que esa estrella de Belén simboliza eclipse lo que haya de Scrooge en nuestros corazones y que sea una tregua muy larga.

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