Maternidad: belleza y complejidad

Hoy se celebra el día de la madre y con todos los recuerdos publicitarios es inevitable no rememorar a la nuestra, de una manera u otra.

El vínculo madre e hija, con toda su belleza, dolor y complejidad, forma parte del fundamento del estado de salud holístico de una mujer. Llevamos la huella de esta relación primordial en cada una de nuestras células para toda la vida.

La figura materna representa la primera y más importante fuente de nutrición. Ya desde la gestación, nuestra madre es la principal proveedora los nutrientes físicos y emocionales que necesitamos para desarrollarnos como personas. En su vientre, a través de su pecho y después con los alimentos que nos prepara, la madre nos alimenta de amor y de cuidado, de protección y apoyo.

El momento en que una madre amamanta a su bebé, piel con piel, es un momento de intimidad único para ese pequeño ser. Especialmente en los primeros años de vida, la forma en que nuestra madre nos provee de nutrientes emocionales está muy relacionada con el acto de comer. Recibir comida y recibir amor son prácticamente la misma cosa.

Separarnos progresivamente de nuestra madre forma parte del desarrollo y la cercanía física va disminuyendo conforme crecemos. Sin embargo, el vínculo continuará.

Independientemente de la edad que tengan los hijos, una forma ancestral en que una madre demuestra su amor es cocinando. Desde nuestra infancia, la comida es un poderoso símbolo. La comida representa a la madre, que a su vez significa amor, cuidado y seguridad.

Por eso tiene sentido que cuando de adultos sentimos necesidad de cariño, de seguridad o de atención, busquemos en la comida eso que recibíamos de nuestra madre… o eso que hubiéramos deseado recibir.

La necesidad de contacto físico, de amor y de cuidado son necesidades psicológicas que todos continuamos teniendo a lo largo de nuestra vida. Así como hemos sido alimentadas sabremos nutrirnos a nosotras mismas.

Un niño que recibe de su madre todos esos nutrientes aprende a identificar sus propias necesidades, sabe que son válidas, que merecen ser satisfechas y desarrolla a su vez la capacidad de satisfacerlas de manera amorosa.

Cuanta más carencia de mamá hubo en la infancia, más intensa será la necesidad de intentar satisfacernos con sustitutos a través de conductas compulsivas en diferentes áreas: la comida, las compras, el trabajo, las relaciones interpersonales, etc.

Si por alguna razón nuestra madre no nos proporcionó los nutrientes emocionales que necesitábamos, no sólo no pudimos recibirlos, sino que tampoco tuvimos la oportunidad de aprender a reconocer esas necesidades y a satisfacerlas de manera saludable.

Si no recibiste los nutrientes emocionales que necesitabas, si no tuviste una figura materna sólida o si observas en tí conductas que te indican que sientes necesidad de lo que una madre representa, recuerda: si puedes reconocer que lo que te sucede, puedes resolverlo.

Sentir necesidad de amor, de cercanía, de cuidado, de seguridad y de protección no tiene porque hablar de una gran carencia. Habla de que somos humanas. Tenemos esas necesidades y las seguiremos teniendo. Lo importante es que sepas reconocerlas y colmarlas lo mejor posible, desde la adulta que eres.

Aquí te dejo algunas sugerencias muy nutritivas.

1  Date amor a través del contacto físico.

El contacto físico es una manera muy primaria, muy “mamífera” de  cercanía con nuestra figura materna. A menudo, lo que necesitamos es experimentar esa sensación de cercanía que evoca ese momento primario de contacto físico. Abraza(te), besa, date un masaje, ponte ropa que te resulte agradable al contacto con tu piel, acaricia a un animal de compañía.

Cuídate.

Una forma en que una madre demuestra amor incondicional a sus hijos es ocupándose de su alimentación, de mantenerlos aseados, de cuidarlos cuando están enfermos… Cuida tu apariencia, tu alimentación, tu sueño, tus hábitos y tu salud en general. Nuestro cuerpo envia reclamos cuando se siente desatendido y descuidado.

3  Créate un lugar seguro.

El cuerpo de nuestra madre es nuestro primer lugar seguro. También en la vida adulta es importante contar con un espacio donde nos sintamos seguras física y emocionalmente. Haz de tu casa un lugar agradable, cómodo y bonito y créate también un espacio mental al que acudir cuando necesites cobijarte.

4  Si tu madre aún vive, acércate a ella.

Da igual lo que ella diga, da igual si ella se muestra cariñosa o no. Dale a tu madre lo que te gustaría recibir de ella.

5  Escribele una carta a tu madre (aunque ella no vaya a leerla).

Toma conciencia de todo lo que sí recibiste y que te ha permitido llegar hasta aquí. Aunque hay momentos en que podemos dudarlo, hemos recibido muchísimo. Honra a tu madre en tu corazón y agradece lo que sí recibiste.

Nadie recibió absolutamente todo. Siempre hay alguna carencia. Precisamente ahí, en esos huecos que nos empujan buscar, está la oportunidad de crecimiento. 

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