Sentirse realizado es un estado en el cual un individuo alcanza su máximo potencial. Los seres humanos luchamos y trabajamos duro para cubrir varias necesidades que a su vez nos motivan a querer alcanzar logros cada vez más elevados.
El psicólogo americano Abraham Maslow, el de la conocida pirámide de Maslow, postula que todo ser humano nace con una necesidad inherente de alcanzar ese estado de “realización”, de alcanzar su máximo potencial.
Cuando nuestras necesidades fisiológicas más básicas están cubiertas, nos movemos al siguiente nivel de la pirámide. Conforme escalamos la pirámide, nuestra necesidad de ser amados, de intimidad, nuestro sentido de pertenencia y nuestra identidad se vuelven más importantes. Seguidamente, la necesidad de autoestima y en la cúspide la de pirámide, sentirnos realizados.
Una de las cosas más poderosas que podemos comprender es que gran parte de lo que buscamos para sentirnos realizados, para una vida plena, ya reside dentro de nosotros y es lo único que está bajo nuestro control. Al comprender esta lección de vida te invade una gran sensación de alivio.
No es la primera vez que utilizo metáfora de la jardinería, pero supongo que el ver la primavera cerca me inspira. El potencial de sentirse realizado reside en el jardinero, que se mantiene presente mientras dedica su tiempo a la jardinería: a la planificación, la plantación, el cuidado y luego la apreciación de todo el trabajo que hizo que surgieran cosas tan maravillosas de la tierra. No es el resultado final, sino un interés sincero en hacer algo que amamos, y saborear el camino.
Ese compromiso nos cambia para mejor a medida que aprendemos, descubrimos y ciertamente, cuando todo va bien, nos deleitamos con las flores y los frutos. Pero no necesitamos del exterior para experimentar esa alegría. Esa plenitud depende de una decisión diaria: a dónde dejamos ir nuestros pensamientos, qué acciones elegimos tomar y si apreciamos o no el momento presente.
La plenitud no se halla al buscar la aprobación de los demás renunciando a ser fieles a nosotros mismos para ser aceptados. Es una búsqueda que requiere que nos sumerjamos profundamente en nosotros mismos. Es algo que nadie te puede arrebatar.
Hay un tipo de placer que se puede comprar, que es bastante fácil de lograr. Pero, aunque aumenta la calidad de nuestras vidas, sólo añade signos de exclamación al camino.
Entiéndeme, cosas como disfrutar de una comida deliciosa o de un atuendo de gusto exquisito, por mencionar algunas, sin duda suman calidad a nuestras vidas. Sin embargo, cuando no tenemos clara la diferencia entre plenitud y placer, podemos perseguir lo uno constantemente pensando que es lo otro.
La plenitud requiere más tiempo, atención y consideración, pero las recompensas son enormes debido a su duración y sustancialidad. Requiere construir tu base conociéndote, trabajándote y cultivándote y adórnarla ocasionalmente con placer.
Cuando no dependemos del placer para sentirnos satisfechos con nuestra vida, podemos apreciarlo por lo que es: un momento temporal al que no debemos apegarnos.
Maneras de cultivar esa plenitud:
- Pon el foco en lo que tienes en lugar de lo que te falta y agradece de corazón.
- Busca tu paz y celebra quién eres.
- Planifica actividades que te proporcionen momentos de alegría.
- Busca inspiración en la naturaleza, la música, el arte, la lectura… Deja que despierten tu creatividad y aprovéchala para tomar acción inspirada.
- Encuentra proyectos y sueños que tengan significado para ti y se alineen con tus valores.
- Cuando tengas los recursos, el tiempo y la energía para hacerlo, entrega.
Cuando comprendemos la diferencia entre la plenitud y el placer, ya no nos movemos aleatoriamente de un momento placentero a otro. Creamos raíces que nos proporcionan seguridad, certeza y solidez, aunque a veces en la vida el viento sople fuerte.