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Abraza tu vulnerabilidad

Esta semana celebré mi cumpleaños, recibí felicitaciones y muestras de afecto que siento muy auténticas, que son un regalo. Mis cumpleaños son uno de esos momentos en los que me doy cuenta de que, en el fondo, lo que más nos llena y lo que más anhelamos es sabernos queridos.

En el transcurrir de la vida, hemos ido construyendo corazas, escondiéndonos bajo capas, por múltiples razones, entre ellas porque existe en nosotros una sensación subyacente de que si nos ven tal como somos, si dejamos ver nuestros true colours, no nos amarán. Con esa sensación tan intrínsicamente humana, coexisten actualmente los posts de Instagram, de Facebook y los perfiles de Linkedin, con muchos títulos y cargos en inglés.

De vez en cuando, conviene retomar la conciencia de que detrás de todo eso estamos nosotros. Hay que tener presente que, si tenemos pelo, nos levantamos despeinados, que no hay nadie cuyos días sean todo sonrisas blancas, que tenemos dudas y miedos, que no sólo cosechamos éxitos y triunfazos y que no sólo nos alimentamos de smoothies verdes. Tenemos niños que se ensucian y que arman pataletas en el momento y lugar más inapropiado, adolescentes que nos sacan de quicio, parejas con las que además de bombones y rosas compartimos alguna espina. Además de subidones, tenemos bajones, inseguridades, michelines o/y!! celulitis, alguna uña mordida o rota.  Tenemos algo o mucho de desorden en algún cajón, físico y mental.

Pero claro, esa sensación subyacente de no ser suficiente sigue ahí y hay que saber venderse. Tenemos miedo al juicio, a la vergüenza, a que nos hagan daño. Queremos hacer brillar mucho las luces, armar la coraza y esconder las sombras debajo de la alfombra, mantenernos a salvo porque nos sentimos vulnerables.

Permíteme apuntar, antes de seguir, que no es cuestión de caer en el extremo contrario y adoptar el (inconsciente) rol de víctima e ir por la vida sirviéndote (inconscientemente) de tus penas y desgracias para obtener atención, para nada. Si es el caso, de esto también hay que tomar consciencia y trabajarlo.

Por las circunstancias del momento se ha hablado mucho de que somos seres sociales, de que necesitamos el contacto, y es muy cierto. Pero, sobre todo, necesitamos relaciones sanas y verdaderas.

Por muy paradójico que pueda parecer, mostrar tu vulnerabilidad te ayuda a recuperar tu poder, porque, para mostrarla, es necesario que la aceptes primero. Aceptar tu vulnerabilidad implica dejar de negar una parte de ti, mirarla de frente, entender su mensaje, colaborar con ella. Porque mostrarla es atreverte a reconocer tus propias sombras, dejar que vean la luz, oxigenarlas para empezar a trascenderlas. Aceptarte a ti mismo en tu totalidad es un paso ineludible cuando emprendes la misión de amarte totalmente, tras comprender la diferencia que ello marca en las vidas de los que están por la labor y los que ni la contemplan.

Date cuenta: ser vulnerable no es ser débil, es ser real, honesto contigo, es una mirada de aceptación y respeto por quién eres, frente a lo que hasta tal vez tu mismo has supuesto que “deberías” ser. Cierto que hacerte dueño de tu propia historia no es nada cómodo, ni fácil, e implica valentía, porque da miedo. Sin embargo, es más arriesgado negárte y pagar el precio de renunciar a todo lo que realmente eres.

Recibir un “te quiero mucho amiga, y te siento muy conmigo. Gracias por ser y estar ahí, aquí me tienes para lo mismo” bien me merece el riesgo de atreverme a abrazar mi vulnerabilidad. Fue cuando atravesé el miedo a mostrarla que construí relaciones auténticas. Porque, al mostrarte, los demás se te muestran y entonces te relacionas de alma a alma, de corazón a corazón y se forjan esas relaciones genuinas en las que aprecias a los demás por lo que son y te aprecian por lo que eres. La capacidad de mostrar tu vulnerabilidad te hace más real y por tanto más libre, te lleva a una conexión emocional y profunda, a relaciones más genuinas. Y esa conexión con los demás nos permite sentir que formamos parte de un todo, otorgando más sentido a la vida.

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