Una vida llena no es sinónimo de una vida plena

Sentimos que tenemos demasiado de algunas cosas: demasiadas obligaciones, demasiado estrés, ansiedad, inquietud e insatisfacción.

Y a la vez, sentimos que no tenemos suficiente de otras: tiempo, dinero, energía, alegría genuina, tranquilidad.

Cuando sentimos que nos falta “algo” solemos recurrir a llenar más nuestra vida: a tener más, hacer más. Más éxito laboral, más relaciones, más actividades… suma y sigue.

El marketing de la felicidad parte del supuesto de que no puedes ser feliz tal como eres.

Compramos constantemente la idea de que los problemas que tenemos se solucionarán (esta vea sí) adquiriendo un nuevo producto, ya sea material o no. Adquirir un objeto nuevo o acumular “experiencias”, que ahora se lleva más, pueden aliviarte el descontento, pero es un alivio fugaz. Porque resulta que la vida no es un concurso de comer hot dogs.

Queremos soluciones, pero no estamos dispuestos a indagar en el problema. En el verdadero problema. Y es sólo cuando comprendemos la naturaleza fundamental del problema cuando podemos erradicarlo.

¿Qué pasaría si, en lugar de intentar anestesiar nuestra insatisfacción escudriñáramos el problema en sí?

¿Y si acercarse a la solución tiene más que ver con dejar de hacer que con hacer más? Por ejemplo:

Dejar de sacar brillo a la fachada del éxito y mirar hacia lo que esa fachada encubre (lo cual puede llegar a resultar realmente incómodo y requiere valentía).

Dejar de actuar como si estar siempre ocupado fuera una especie de insignia de honor.

Dejar de confundir información con comprensión y sabiduría.

Dejar de aferrarte a relaciones tóxicas.

Dejar de intentar «arreglar» todo y a todos.

No existe una fórmula única para todo el mundo, pero, sin duda, la clave es indagar en quién eres y hallar tu verdadera esencia.

Probablemente todos nos dejamos camelar por el “más, más y más” del marketing de la felicidad, pero, al menos, deberíamos tomar consciencia para estar en posición de decidir hasta qué punto, por qué y para qué.

Cada vez que dices “si” a algo queda menos de ti para otra cosa. Asegúrate de aquello a lo que dices “si” realmente lo merece.

¿A qué necesitas decir «no» para poder decir «si» a algo que de verdad te importa?

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