"A friend is a single soul dwelling in two different bodies" Aristotle
Llegar a entender una lengua es mucho más que saber traducir palabras. Una lengua refleja todo lo que hay detrás de una cultura. Me fascina como un idioma tiene una palabra exacta para referirse a algo que otro idioma necesita una frase entera para poder describir.
Trabajé un par de años con una apasionada de Japón, de su cultura milenaria y de su lengua. Una mujer entusiasta que se mudó a Japón alimentando sus sueños y que allí sigue, según sé. Tras muchas conversaciones al respecto no consiguió que yo retuviera demasiadas palabras y me resulta imposible reproducir los caracteres en japonés. Sin embargo, su auténtica pasión despertó en mi la curiosidad.
La lengua japonesa tiene palabras que encierran conceptos evocadores y llenos de sabiduría. Por ejemplo, la conocida ikigai, tu misión en la vida, tu razón para vivir; Kintsukoroi, un concepto bellísimo que se refiere al arte de utilizar oro o plata para reparar la cerámica, resultando la pieza rota más valiosa que la original, o wabi-sabi, la búsqueda de la belleza dentro de las imperfecciones de la vida, aceptando el ciclo natural de crecimiento y decadencia.
En japonés existen varias palabras para referirse al nivel de amistad o intimidad que te une a una persona, según si compartes una manera de pensar y hacer las cosas, o si compartes algunas actividades, pero no tu manera de pensar y hacer etc. Parece ser que shinyuu es algo así como el amigo de nivel más elevado.
¿Qué sitúa alguien en ese nivel? ¿Qué factores intervienen para que sintamos a alguien como nuestro shinyuu? Probablemente hay muchos parámetros que pueden tener relevancia, como el tiempo que hace que conoces a alguien o las experiencias compartidas. Para mí la clave es de desde dónde te relacionas. Más allá del tipo de actividades o del tiempo compartidos, un shinyuu es aquella persona con la que me relaciono de esencia a esencia, aquella persona a la que he abierto mi alma, ella a mí la suya y con la que comparto una visión profunda de la vida. Alguien a quien amas por lo que es y que te ama por lo que eres, más allá de los juegos y juicios del ego. ¡Al ego que hay que mantener vigilado, sobre todo y precisamente a la hora de relacionarnos1. En definitiv, personas que son como tu hogar.
El autor de El principito, Antoine de Saint-Exupéry, que, como sabrás y como su nombre delata, no era japonés sino francés, lo borda en una frase que es aplicable a múltiples parcelas de la vida y, por tanto, también a nuestras relaciones: “la perfección no se alcanza cuando no queda nada más que añadir sino cuando no hay nada más que quitar”.
No encuentro en nuestro idioma una única palabra que describa el lujo que supone tener en nuestra vida a personas con las que relacionarnos así, desde esa parte esencial y auténtica de nuestro ser, de alma a alma. Si la tienes, házmela llegar. Me encantará incorporarla a mi lenguaje.




