Me siento muy afortunada de tener en mi vida a personas con las que me relaciono a corazón abierto, y ellas conmigo también. En la grandeza de su humildad, una de esas personas expone en una conversación reciente haber sentido envidia por un tema concreto.
Por ponerle objetividad a lo que se entiende como envidia recurro a la RAE. “Envidia: tristeza o pesar de bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee.”
Entre hermanos, entre cuñados y cuñadas, suegras y consuegras, nueras y yernos, en la pareja, entre amigos, vecinos, compañeros de trabajo y un largo etcétera de todas las relaciones posibles, los celos y la envidia son sentimientos que todos experimentamos en mayor o menor medida a lo largo de la vida.
La envidia surge a edades tempranas, encontrando su origen en nuestros propios cánones sobre lo que creemos necesario para ser felices y ante la percepción de una carencia personal que otra persona tiene cubierta.
Qué importante es estar atentos a esos sentimientos cuando los niños los manifiestan y aprovecharlos para educarles emocionalmente. A mí me produce compasión observar que podemos llegar a adultos y tener esa parte aún por educar, incluso no educarla ni gestionarla jamás, por pura inconsciencia.
Hemos oído mil veces que no hay que tener envidia y lo mala que es. De acuerdo. Pero ¿Qué pasa cuando la sentimos? El primer paso es reconocérnoslo, no negarnos a nosotros mismos lo que estamos sintiendo porque lo juzgamos como malo. Si sientes envidia la sientes. No te refugies en “¿envidia yo? ¿de qué?” … Indaga en “de qué”. Ese es el hilo del que debes tirar. ¿Qué tiene esa persona que consideras envidiable? Bucea en esa pregunta.
La envidia y los celos surgen de un autoconcepto y una autoestima que hay trabajar. Conllevan inseguridades, rabia y frustración. Entrañan indignación, decepción por lo que el otro hace o por lo que no ha hecho; por lo que ha dicho, por lo “seguro” que quería decir con lo que ha dicho, o por lo que nunca dijo. Hasta creemos saber lo que el otro piensa de nosotros. Conozco verdaderos culebrones que superan la ficción, con episodios que oscilan entre el drama, el terror y la comedia.
Dentro de la intensidad del dolor que supone sentir celos y envidia hay grados. Algunos más leves y otros más serios, pero todos ellos consecuencia de la tan arraigada mala costumbre de compararnos con los demás. Si vas a competir con alguien, que sea contigo mismo. Trata de SER mejor que tu “yo” de ayer. Con mucho amor, partiendo de que ya eres absolutamente suficiente, válido y merecedor de todo lo que deseas tal y como eres. Sólo que te lo estás negando a ti mismo por no creerlo así.
Cuanto sufrimiento y malos ratos nos ahorraríamos si considerásemos la opción de dirigirnos a la raíz del asunto: nosotros y nuestro autoconcepto. Sentir celos o envidia es humano, por supuesto. Pero si los sentimos, debemos reconocérnoslo y aprovecharlo para conocernos de verdad, en vez de negárnoslo y seguir perdidos en “el otro”.
Tus emociones no son algo a negar o a reprimir o a ignorar. Las tenemos para algo. Aprovecha la envidia para conocerte más a fondo y superarte. La envidia es una de esas ideas delirantes de tu mente que te dice que los demás tienen algo que tú no tienes y que eso les hace mejores, o más felices que tú.
La envidia sólo puede ser sana si la utilizas como indicador e indagas en el mensaje que te está dando. Detecta si lo que sientes es envidia y de qué. Pregúntate qué hay en esa persona o en la vida de esa persona que sientes que falta en la tuya. Y no juegues al escondite contigo mismo. Sé valiente y respóndete con sinceridad. Deja de vivir a medias, de cultivar todas esas emociones negativas, que tú crees que diriges hacia el otro, porque el que las padece eres tú. Toma el poder y sal de esa espiral que, en caso contrario, puede llegar a durar toda una vida. Avanza, trabajando en aquellos aspectos que los celos o la envidia te han permitido detectar en ti. La envidia es sana sólo cuando la aprovechas para sanarte a ti mismo.
El antídoto contra la envidia es comprender, no como concepto, sino a nivel celular, de que absolutamente nada externo tiene el poder de concederte el sentimiento que anhelas detrás de aquello que crees que envidias.