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Pensar

Todos hemos oído alguna vez que la mente es la herramienta más potente que posee el ser humano. También es verdad que, la mente es un buen sirviente, pero un pésimo amo -la frase es de Einstein-.

¿De verdad pensamos por nosotros mismos? ¿En qué consiste pensar?

Hemos confundido el desarrollo de la mente con el desarrollo de la capacidad mental.

Vivimos en un mundo abarrotado de datos a los que resulta extremadamente fácil acceder. Sin embargo, no siempre se nos enseña, ni aprendemos, a discernir.

No hay ninguna materia de estudio que contemple explícitamente las leyes de la vida y el concepto de pensar por uno mismo. La filosofía suele considerarse aburrida, y como mucho, existe una asignatura que se llama “ética”, a menudo subestimada, como de relleno, no “importante” como las matemáticas o la lengua.

El cerebro y la mente son dos cosas distintas. Educar el desarrollo mental de una persona no es tan solo capacitarla mecánicamente, es mostrarle la manera de canalizar el poder potencial de su mente adecuadamente, es educar en saber elegir el camino que nos lleve a evolucionar de verdad, entendiendo de qué va la asignatura de vivir.

La mente se apoya en ideas anteriores para conformar nuevas ideas. Hay ideas en nosotros que se tornan rígidas, convirtiéndose así en esquemas mentales. La mente se enreda con nuestros propios esquemas de pensamiento, se encasilla en ideas envasadas que nos restan frescura, incluso en frases hechas que restringen nuestra capacidad de reflexión.

Una idea repetida constantemente se convierte con el tiempo en un hábito mental, en una “mentalidad”. Acabamos atrapados por las propias corrientes de pensamiento, que van tomando cuerpo, asentándose en nuestra sociedad y creando un programa del cual es difícil escabullirse. Con demasiada frecuencia, ni siquiera somos conscientes de ello.

Si sólo atendemos hacia el exterior somos mucho más permeables mentalmente. Cuanto más reflejamos el entorno mental, menos consistencia propia logramos, y navegamos sólo en la superficie del nivel de pensamiento que podríamos alcanzar. Quien es más superficial, menos ideas propias elabora y más se apoya en las ideas que le rodean. En una relación inversamente proporcional, cuanto más aparecen en la conversación los razonamientos de último programa de la tele, o los últimos titulares de los periódicos, menos aparecen un buen libro o la buena música, por ejemplo. Hay ausencia de un programa de desarrollo trazado por uno mismo.

Las ideas que flotan en el ambiente de una época se desvanecen si no se las alimenta. En cambio, cuando varias personas las refuerzan a base de repetición, esas ideas toman consistencia y sobreviven a aquellos que las concibieron. Entre todos creamos la atmosfera mental y colectiva que nos rodea.

Es nuestra responsabilidad frenar en nosotros mismos las ideas que juzgamos como negativas, no darles cobijo ni consistencia mental en nuestra propia atmósfera individual, para no contribuir a alimentar las ideas negativas del pensamiento colectivo.

Es nuestra responsabilidad trabajarnos y educarnos alrededor de unos valores esenciales, consolidar un eje entorno al cual se aglutinen otras ideas, tal vez más cambiantes. Y debemos pasar estas últimas por un filtro consciente, antes de estar dispuestos a integrarlas en nuestra propia estructura de pensamiento.

Saber manejar la mente – que no sea ella quien te maneja a ti- no es tarea fácil, pero hace posible la libertad de pensamiento, la mayor libertad que existe.

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