Encuentro un placer difícil de explicar en descubrir palabras que condensan el significado de lo que intento expresar, a veces incluso los matices. Gracias a una conversación mantenida con mi marido durante el desayuno, este fin de semana amplio mi vocabulario con una palabra: ataraxia. Recuerdo haberme cruzado con el vocablo en alguna ocasión, pero desconocía su significado exacto.
Se denomina ataraxia (del griego ἀταραξία, «ausencia de turbación») a la disposición del ánimo propuesta por los epicúreos, estoicos y escépticos, gracias a la cual una persona alcanza el equilibrio y finalmente la felicidad, mediante la disminución de la intensidad de pasiones y deseos que puedan alterar el equilibrio mental y corporal así como la fortaleza frente a la adversidad. La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma, la razón y los sentimientos.
El concepto de ataraxia se utiliza en el ámbito psicológico, filosófico, médico e incluso psicofarmacológico, donde algunos de los medicamentos con efecto tranquilizante reciben el nombre de ataráxicos.
Resulta interesante ver cómo en filosofía se utiliza el término como una manera de alcanzar la plenitud y la felicidad, pero en medicina se utiliza el mismo término para describir un problema grave de salud. En ambos casos, la ataraxia se caracteriza por la imperturbabilidad de la persona y la falta de respuesta a los estímulos externos.
Me quedo con el sentido filosófico del término, otorgándole mis propios matices, con el fin de mantener mi equilibrio emocional y contribuir al de los demás, que, según observo es especialmente necesario en estos momentos.
Hay que interpretar bien la idea. Por supuesto, el objetivo no es llegar al punto en el que todo nos de igual, ni banalizar o a pretender ignorar lo que sucede.
La ataraxia requiere gestionar emociones y ser lo suficientemente fuerte ante las adversidades como para conseguir llevar una vida equilibrada.
Cuando pensamos en el bienestar personal podemos caer en el error de creer que es imprescindible estar siempre “bien”. Sin embargo, emociones como la tristeza, la frustración o la ira forman parte de nosotros, de nuestra vida. Si están es por y, sobre todo, para algo, así que debemos aprender a trabajar con ellas. Además, luchar contra nuestras emociones puede conducirnos a estados de mayor frustración y ansiedad.
La aceptación es un paso primordial para superar las situaciones que juzgamos como negativas. Cuando conseguimos aceptar se produce un auténtico cambio. Está en nuestras manos tener la voluntad de cambiar el enfoque, emplear toda esa energía utilizada antes en la absurda batalla contra lo que “es” y destinarla a la superación de la situación negativa, abriéndonos así a nuevas posibilidades.
Aunque a veces la aceptación pueda confundirse con la resignación, aceptar va mucho más allá y es una de las herramientas esenciales si estamos comprometidos de veras con nuestro bienestar Se trata de reconocer cuándo las situaciones no deseadas no se pueden cambiar y aprender a asumirlas.
La gran diferencia entre la aceptar y resignarse reside en las consecuencias derivadas de una u otra actitud. La resignación nos lleva a la inacción, a la pasividad, a menudo acompañada de la queja. Esta actitud, además de ser improductiva y mantenernos estancados, resulta dañina tanto para nosotros como para nuestro entorno. Por otro lado, la aceptación propicia nuestra propia apertura a nuevas posibilidades, implica una actitud renovada que tiene como consecuencia conductas y resultados muy distintos a los derivados de la resignación.
Probablemente hayas oído o leído alguna vez la oración de la serenidad. Es el conocido comienzo de una oración atribuida a Reinhold Niebuhr, teólogo, filósofo y escritor estadounidense de origen alemán. Dice así:
Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.
Seamos creyentes o no, la serenidad y la aceptación son algo que no podemos delegar en nada ni nadie externo. En nuestro interior tenemos al alcance el poder para lograr ese estado de paz y de equilibrio. El primer paso es creer que es posible y responsabilizarnos de nuestras propias emociones para poder ser parte de la solución. En bando de los problemas hay overbooking.