En este momento estás viendo Como una princesa

Como una princesa

De mis tiempos de universitaria, recuerdo, entre otras cosas, un examen de literatura inglesa. El tema: Romeo & Juliet. En clase habíamos analizado a fondo la obra de Shakespeare: los diferentes temas, los símbolos, las alegorías. Pero a mí, lo que más me conmovía, era empatizar con esos dos seres humanos que elegían el suicidio ante la presión de unas familias que no aprobaban su amor, el sentir de esos star-crossed lovers que se amaban a pesar de que su amor no era “adecuado”. Parece que los intereses de las familias, o de la sociedad, no puedan coincidir, o que no puedan tener en cuenta a los individuos. Más aún si hay noble cuna y linaje de por medio. Como si las familias o la sociedad fueran otra cosa que un conjunto de individuos, con sus propios sentimientos y emociones, que no siempre coinciden ni con lo que “conviene” sentir ni con por quién conviene sentirlo. Y esto fue lo que desarrollé y expuse en ese examen…

Estoy a un episodio de terminar la cuarta temporada de The Crown. Las temporadas anteriores transcurrían hace 50, 60 o 70 años, con lo cual muchas de las figuras históricas en las que se basan los personajes ya han pasado a mejor vida y quien pueda recordar todo aquello, tal vez también.

Probablemente, cuanto más se acerca The Crown a la época que muchos ya recordamos, más culebrón se vuelve, pero fusiona tan bien lo real con lo ficticio que me resulta difícil detectar qué es inventado y qué no. La cuarta temporada se va acercando al presente y transcurre durante un periodo tumultuoso para la familia real, no sólo en lo político.

El tercer episodio recoge el sermón del arzobispo de Canterbury en la boda entre el príncipe de Gales y Diana:

“De esto es de lo que están hechos los cuentos de hadas. El príncipe y la princesa en el día de su boda. Pero los cuentos de hadas suelen acabar en este momento, con una frase sencilla ‘Vivieron felices para siempre’. Quizá porque los cuentos de hadas ven el matrimonio con un anticlímax, después del romance y el cortejo. Mientras el esposo y la esposa cumplen con sus votos, amándose y respetándose el uno al otro, compartiendo el esplendor y la miseria de la vida, logros y contratiempos, se transformarán en el proceso. Nuestra fe no ve el día de las nupcias como el lugar de llegada, sino como el lugar donde empieza la aventura”.

El matrimonio entre Carlos y Diana tuvo mucho de conveniencia, of course. Si lo requerido hubiese sido puro amor por ambas partes, esa unión no habría tenido lugar.

Y como estipuló el arzobispo, tras el enlace empezó la aventura. Una aventura que fue especialmente dolorosa para Diana, para la persona detrás de la princesa.

Como en la obra de Shakespeare, lo que más me conmueve es el dolor del ser humano.

En la serie, vemos a Diana comiendo dulces compulsivamente, mientras lucha contra la soledad de vivir en el Palacio de Buckingham y provocándose el vómito mientras su matrimonio se desmorona. Vemos a una mujer con ansias de encajar y de que su marido la quiera, a una persona que no aguanta más la situación que la rodea y que cae en la trampa de utilizar la comida como vía de escape.

Los trastornos alimentarios son complejos porque provienen de necesidades emocionales profundas y también complejas.  Son la punta del iceberg, un síntoma que genera tanto dolor y caos en la vida de la persona como la historia de sufrimiento emocional que esconde detrás.

A estas alturas, la sociedad conoce la existencia de este tipo de desórdenes. Aunque creo que debería ser suficientemente obvio, hay que entender que una persona no desarrolla un trastorno alimentario por un tema estético, por vanidad. Eso es una simplificación muy frívola o una frivolización muy simplista. La bulimia no es solamente una cuestión de provocarse el vómito, ni la anorexia es sólo una cuestión de no comer para no engordar, porque el problema no es la comida en sí.

Hay que encontrar y comprender la relación entre la comida y las emociones. Hay que hallar la manera de sacar esas emociones, expresarlas y aprender a gestionarlas. Hay que llenar ese vacío que sólo se sacia amándose a una misma. Así que también hay que llegar a las profundidades de lo qué significa y cómo se hace eso de “amarse a una misma”.  Y hay que acudir a un buen profesional que ayude a abordar el tema, cuanto antes mejor.

… Por cierto, días después del examen, mi profesor de literatura inglesa me citó en su despacho. Acudí con un poquito de nudo en el estómago, por si mis argumentos le habían parecido poco complejos, poco sofisticados después del exhaustivo análisis de la obra realizado en clase. Pero me felicitó. Claro, ya seas princesa o profe de literatura, ante todo o tal vez detrás de todo, eres un ser humano.

Deja una respuesta