Siento una infinita gratitud por que mi abuela pudiera estar junto a mí durante mi infancia y adolescencia. Como a tantos abuelos les gusta hacer, ella solía contarme historias que me fascinaba escuchar y que aún recuerdo. Tardé años en destilar la importancia del mensaje de esas historias, más allá del entretenimineto y del momento especial que ella sabía crear. Quiero compartir contigo una de ellas.
Starring: la Virgen María, San José y un burro.
Sinópsis: caminaban los tres protagonistas de pueblo en pueblo. La Virgen María en un estado de embarazo evidente. San José, un señor de edad claramente más avanzada que su acompañante femenina, montado en el burro.
Al atravesar nuestros viajeros el primer pueblo, sus habitantes criticaron la desconsideración de José. La pobre joven, en estado de embarazo avanzado iba caminando y él, el muy caradura, viajaba en burro.
María y José atendieron a las críticas. Al atravesar el segundo pueblo era María quien iba a cuestas del burro. Resultó que, en esta ocasión, la descarada y desconsiderada era ella, una mujer tan joven, que permitía que el señor, ya mayor, viajara a pie.
Nuestros caminantes también dieron crédito a las críticas esta vez. Así llegaron al tercer pueblo: María, José y el burro, los tres a pie. Burlas. Menuda estupidez. Teniendo un burro como tenían y los muy tontos iban andando.
La historia se alarga, añadiendo el modo viaje “con el burro a cuestas”… pero a estas alturas tú ya me estás entendiendo.
Dándole mucho bombo a la historia y haciendo voces diferentes para los personajes, con su gracia natural para contar historias, mi abuela me estaba transmitiendo la importancia de actuar escuchando tu propia voz. Jamás lograrás satisfacer a todo el mundo. Y lo que es más grave, acallando tu voz por intentar satisfacer a los demás terminas insatisfecho tú… y los demás. Esos demás que están de más cuando buscamos la respuesta a las preguntas” ¿qué quiero?” y “¿para qué lo quiero?”
No se trata de una determinación de ignorar a los otros para satisfacer nuestros deseos egóticos. Se trata de mirar hacia dentro, de conectar con nuestro ser, de escuchar su voz y dejar que nos oriente. Puede ser que esa voz mire a ambos lados y se sorprenda “¿Me estás preguntando a mí?”. A veces, no estamos acostumbrados a plantearnos qué deseamos. A veces, nuestra voz interior lleva demasiado tiempo casi muda. Aunque al principio sólo susurre, si empezamos a dirigimos a ella habitualmente y silenciamos nuestra mente para escucharla, poco a poco va adquiriendo seguridad. Y llega el momento en que se atreve a hablar alto y claro. Desde el amor más puro, sin intención de dañar a nadie, ni a sí misma, experimenta un empoderamiento y una liberación desconocidas hasta ese momento.
Y… wow… no pasa nada… atraviesas mil pueblos, y los dejas atrás, montado en el burro o caminando a su lado, pero lo decides tú, guiado por los criterios de tu alma. Tus oídos oyen, pero ya no escuchan ni se hieren por esas críticas gratuitas de gente que ya te habrá olvidado en cuanto entren en el pueblo otros visitantes a los que juzgar.
Que nada ni nadie te haga olvidar que la vida no es para llevar, sino para comer ahora.




Si haces caso a lo que otros te dicen sin escucharte a ti mismo te arriesga a vivir con los errores de otros y esos son bastante difíciles de sobrellevar, además estamos perdiendo el instinto que durante siglos nos ha mantenido vivos.
No cometamos el error de «cargar con los errores de los demás» … Un ejemplo de lo de «el burro a cuestas». Gracias Miguel, sigue escuchando la voz de tu alma.
Que razón tenia tu abuela y que sabias palabras, hay que escuchar más nuestra intuición y dejar de escuchar las voces de fuera..gracias por tus reflexiones Mar
Sabiduría de esa que no se estudia pero se aprende. Gracias a tí por leerme Alicia.