Esta semana he utilizado como tema de debate en alguna de mis clases lo que en inglés se conoce como CSR, Corporative Social Responsibility, o sea Responsabilidad Social Corporativa.
Sintetizando el concepto, la Responsabilidad Social Corporativa aborda la cuestión de cómo pueden las empresas contribuir a una buena sociedad mediante buenas prácticas de negocio. Es decir, se trata de un modelo de negocio en el que las empresas hacen un esfuerzo concertado para operar de tal manera que mejoren en lugar de degradar la sociedad y el medio ambiente.
No es difícil que adivines el gran muro infranqueable con el que me he topado durante el debate: “ya… pero la prioridad de las empresas es obtener “beneficios”. Y claro, cuando hablamos de “beneficios” limitamos el concepto a “económicos”. Revisar muy a fondo qué es un “beneficio” y ampliar la noción ya sería un avance. Y a continuación, dejar de concebir los beneficios económicos como algo incompatible con los sociales y medioambientales e invertir recursos en que así sea. ¿Y si no tuviera que ser esto O lo otro, sino esto Y lo otro?
Pretender que la CSR impere, es algo que no puede conseguirse de un día para otro, ni manteniendo algunos de los patrones mentales vigentes, especialmente si la voluntad es que se conciba como una política de empresa auténtica, en vez de como algo que se usa como maquillaje por puro marketing. Sin embargo, mucho de lo que la humanidad ha logrado pareció inicialmente una idea inalcanzable, una locura utópica, jamás posible sin que alguien la hubiera contemplado y creido en ella antes.
Puede que conozcas al doctor en biología celular Bruce Lipton, de quien recojo la siguiente idea.
Al igual que las células se organizan para formar personas, las personas se organizan para formar la humanidad. Si los humanos modelaran el estilo de vida exhibido por una comunidad saludable de células, nuestras sociedades y nuestro planeta serían más pacíficos y vitales.
A mí esta idea ni siquiera me parece una metáfora. Esto es así, literalmente. Lo ineludible es un cambio importante de perspectiva. Uno que nos proporcione la claridad suficiente para dejar vivir como una célula que anhela un cuerpo más sano sin enterarse de que forma parte de ese cuerpo, de que ella ES ese cuerpo. El sistema, una empresa, una sociedad, “el mundo”, son una persona, más otra persona, más otra… ¿Qué sino?
Me encantaría motivarte y empoderarte, especialmente si estás en el grupo de los que sufren la apatía y falta de ilusión, un largo “blue Monday”. ¿Te das cuenta del crucial papel que juegas, de la enorme misión diaria que tienes?
Tu contribución a un planeta sano va muchísimo más allá de lo que consumes, de si reciclas o no, de si colaboras con alguna ONG o con el banco de alimentos en Navidad, que por supuesto también. Se trata de qué es lo que motiva todas y cada una de las acciones que tomas.
Ser una célula sana no significa sólo o necesariamente estar en posición de emprender grandes acciones para cambiar el mundo. Significa pensar, sentir y actuar como una célula sana en cada pequeño gesto diario. Significa aplicar lo que sería una RSI, una responsabilidad social individual, por si ponerlo en siglas nos hace sentir que emprendemos algo más serio y relevante. En última instancia se trata de quién decides ser y ahí sí tienes poder.
A mí me parece definitivamente esencial mirar desde esa perspectiva, para poder así desarrollar la conciencia, la responsabilidad y el compromiso de ser células sanas. Que esa intención sea el GPS de las decisiones que hay detrás de nuestras acciones para aspirar a que nuestro mundo goce de una salud óptima en el sentido más amplio, más global, más holístico.
¿Se te ocurre otra manera? Cuéntame. Me encantará conocer otros puntos de vista.