En nuestra actitud ante la vida, pretender la perfección puede tener efectos muy negativos, incluso opuestos a los que deseamos. Sin embargo, la excelencia es otra cosa. Yo creo que buscar la excelencia en todo aquello que hacemos amplía los horizontes de nuestra propia evolución. Aspirar a la excelencia en lo que compone nuestras vidas puede extenderse a la manera en que nos relacionamos con los demás, especialmente con aquellos a los que mejor queremos amar.
Resulta fácil estar a la altura de las circunstancias cuando el otro tiene un buen día, pasa por una buena época y todo parece fluir. Sin embargo, el mérito está en conseguir manejar la situación con integridad cuando esas mismas personas tienen un mal día, atraviesan una época menos buena y nada parece fluir.
Aquellos con los que nos relacionamos a diario, especialmente aquellos con los que convivimos, nuestra pareja, o nuestros hijos, (especialmente cuando son adolescentes), nos brindan múltiples oportunidades para ejercitar las bondades de ser proactivos.
Hace falta presencia para poder tomar perspectiva, observar y comprender el sufrimiento que deriva de la confusión y la ausencia de paz interior que el otro expresa en forma de enfado, agresividad, distanciamiento o arrogancia. Si no somos capaces de estar lo suficientemente presentes para conectar con el amor y la comprensión necesarios, no podemos ofrecérselos a ese ser amado. Si no estamos presentes, reaccionamos, tiranizados nosotros también por esas emociones no gestionadas, alimentando así el dolor que ellos están sintiendo. Abundan entonces las situaciones frustrantes que nos impiden sentir calidad y armonía en la relación con aquellos que tanto nos importan.
La inmadurez emocional no es territorio exclusivo de edades tempranas. Aunque todos tenemos procesos evolutivos distintos, la gestión emocional no se consigue de manera automática, ni el mero paso de los años garantiza la conexión con esa presencia interior nuestra. Por eso hay que cultivarla de manera consciente.
La excelencia al amar es conseguir ignorar el juego de los juicios que emite el ego respecto al merecimiento, ser capaces de pasar el dolor por el tamiz del corazón. Conectar con el amor por los demás cuando menos se lo “merecen” y comprender que el amor es siempre merecido. Eso es lo sublime.




